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6 de enero de 2018

IRÁN, ¿EN CRISIS?


El 2017 termina y el 2018 inicia con la noticia de que en Irán, tras el aparente éxito de la intervención conjunta con Rusia a favor del régimen de Bashar el Assad en Siria en contra del Estado Islámico y la oposición , se encuentra envuelto en una serie de protestas en contra, no sólo de la administración persa encabezada por Hassan Rohani, sino en contra ya, del propio régimen fundamentalista Chiíta que encabeza el Ayatollah Alí Khamenei como Líder Supremo Religioso y que encabeza el órgano de control constitucional: el Consejo de Guardianes.

Como ya lo he señalado antes, el régimen de la República Islámica establecido en Irán tras 2,500 años de monarquía, significó, pese a lo que la propaganda occidental, y particularmente norteamericana, un avance dentro de los países del Mundo Islámico: un sistema con división de poderes y elecciones democráticas pero enmarcado dentro de la Shari'a, inspirado un tanto en el Derecho Constitucional Francés histórico y en el Islam Chiíta, que, pese a ser un tanto más liberal que el Sunnita, prever participación política y reconocimiento de ciudadanía a Judíos, Cristianos Nestorianos y Zoroastrianos que habitan en el país persa, sí contempla algunas cuestiones en forma bastante radical, como la desigualdad ante la Ley de hombres y mujeres, el código de vestimenta de la mujer --aunque mucho más laxo que en Arabia o Qatar-- la existencia de delitos religiosos, limitantes a la libertad de conciencia o expresión o la persecución con la muerte de conductas que se estimen inmorales.

Las razones ahora de las protestas, curiosamente, se circunscriben en mucho a ser similares a la inconformidad de la América Profunda que votó a Trump: Rohani se embarcó en una aventura imperial, pues no tenía otro remedio, ya que, al igual que Putin, debía defender al gobierno sirio, su único aliado en la región; Irán además, se encontraba en una posición de ventaja, puesto que los sucesivos gobiernos de Mahmoud Ahmadinejhad y Rohani habían emprendido y continuado el programa de desarrollo de armas nucleares y además, habían logrado engatuzar a Obama, quien había aceptado firmar un tratado mediante el cual, EUA prácticamente levantaba sanciones y restricciones para que Irán pudiese continuar con ese programa nuclear, hábilmente disfrazado de una finalidad pacífica, únicamente tendiente a la obtención de nuevas fuentes para la generación de electricidad; todo como parte del irracional juego estratégico del Gobierno Demócrata planteado tanto por el entonces mandatario afroamericano como por Hillary Clinton.

Irán, empoderado, pareció seguir bajo sus dos últimos gobiernos una política claramente imperial y de búsqueda, nuevamente, de una posición hegemónica en Medio Oriente y más allá, como ha sido la tónica desde el siglo VI a.C.; desde entonces, los Persas se han convertido en el perpetuo factor de desbalance en la región y sus actos han impactado al resto del mundo; así, se lanzaron contra el gran rival en el mundo islámico: Arabia Saudita, apoyando a la etnia Huti en Yemen, de credo Chiíta, en contra del Gobierno Sunnita de Sabeanos y Hadramutis, apoyados por la Corte de Riyadh, fomraron una alianza irrestricta teñida de petróleo con el régimen Chavista de Venezuela y, junto a China y Rusia, establecieron una especie de bloque claramente antioccidental.

Sin embargo, las cosas cambiaron con la llegada de Trump a la Casa Blanca: abandonó la política de islamización seguida por Obama y la Clinton centrada en el apoyo a los Sunnitas, reduciendo el apoyo a los rebeldes en contra del Gobierno de Bashar El Assad en Siria y al Estado Islámico, sin que esto, por otro lado, representara que ahora la Casa Blanca apoyaba al dictador damasceno, quien se ha sostenido en el poder gracias a las armas rusas y la intervención de Teherán. Trump, por otro lado, revivió la alianza estratégica entre EUA e Israel, misma que se había resquebrajado desde Bush Jr. y llegó a su punto más bajo con Obama. De igual modo, ha desconocido el tratado nuclear con Irán y ha reimplantado las sanciones en contra de la República Islámica. Y es que sucede lo siguiente: no se puede permitir libremente la formación de un poder hegemónico en una región que tiene a cuatro posibles candidatos a lograr serlo: Irán, Arabia, Turquía e Israel, si se quiere mantener la zona en paz, se debe lograr un equilibrio mediante una ajustada carrera de armamentos, alianzas y contralianzas. Dejar que uno solo de estos cuatro interesados se quede con todo el pastel es altamente peligroso.

Esto, por supuesto, ha influido en el ánimo de los persas: por un lado, la implantación de una política de corte imperial como la pretendida por los gobiernos de Ahmadinejhad y Rohani resultó muy caro para un país con restricciones en el rubro debido a las sanciones. Así que los Persas han salido a la calle a exigir algo muy similar a lo que los votantes norteamericanos hicieron en noviembre de 2016: ya no quieren un gobierno interesado en el exterior, sino que resuelva los problemas internos del país, que deje de andar en aventuras militares y solucione los problemas de desempleo, carencias e inflación, y deje de gastar en buscar bombas atómicas o nucleares para invertirlo en el desarrollo y deje de perseguir políticas que lo han aislado antes de insertarlo en la dinámica mundial como un actor importante en igualdad con los grandes centros de poder; así que, evidentemente, el pueblo se ha cansado de la temeridad y conflictividad del régimen que se instauró en 1979 apoyado por la juventud: harta de la enorme corrupción del Shá Mohamhed Reza Phaleví y de la destrucción de la cultura persa islámica por una occidentalización forzada al estilo turco, y que deseaba un régimen con respeto a valores morales, rectitud y nacionalismo que fue lo que en su momento Khomeini ofreció.

Sin embargo, hoy esas esperanzas yacen rotas por un régimen que no supo aproximarse a occidente cuando pudo ser una alternativa seria a las monarquías y dictaduras Sunnitas dados ciertos ideales políticos compartidos con nuestro hemisferio y una versión del Islam que puede ser más abierta; y la sociedad aparece dividida: sí hay un importante sector que es favorable al mantenimiento de la República Islámica, pero es innegable la existencia de oposición a la misma y que ésta, va creciendo, sin necesidad de apoyos o intervenciones extranjeras, aunque quizá no podemos negar que las mismas se están dando detrás de la oposición al régimen. Sin embargo, la caída del régimen de la República Islámica puede tener consecuencias peligrosas: la llegada al poder de un nuevo régimen, sea la restauración de la monarquía fundada por los Aqueménidas y caída con los Phaleví, o un intento de implantar una República Democrática pro-occidental llevaría al debilitamiento de Irán y abriría las puertas a la hegemonía árabe-sunnita y también al ascenso de Turquía, sin más equilibro que Israel.

Habrá que espera ver qué sucede y la intervención de otras potencias, principalmente Rusia, hay que recordar que, desde el siglo XVIII, Irán se volvió parte principal del llamado Gran Juego entre las potencias por el control del Centro de Asia, y eso provocó que, principalmente, Rusia y gran Bretaña se disputaran la influencia sobre el gobierno persa, sobre todo porque lo veían como el contrapeso natural al Califato Otomano de orientación Sunnita, llegando la culminación de esto con la entronización de Reza Khan Phaleví, de ascendencia cosaca rusa, y quien tras coquetear con la Alemania Nazi, sería derrocado por británicos y soviéticos para imponer a su hijo Mohamhed Reza, quien sería el último en ostentar la corona de Ciro el Grande, y cuyo gobierno fue totalmente entregado a los intereses europeos y norteamericanos como se demostró con el golpe palatino en contra del Primer Ministro Mossadegh orquestado con ayuda de la CIA y el MI6 y que mandó al exilio a Khomeini, en lo que se considera, fue el preludio de la revolución de 1979.

Aún así, el hecho de que los Persas estén demostrando su descontento contra los excesos del radicalismo islámico, y la temeridad y ambición excesiva de un régimen que no calculó el costo de  ser un jugador pesado en la Geopolítica mundial, ni las consecuencias de sus ambiciones que le han aislado. A pesar de su nacionalismo y sus pretensiones, el régimen instaurado por Khomeini en 1979 no logró evitar que el destino de la nación persa siga dependiendo de los intereses extranjeros, como ha sido desde hace ya 300 años y tampoco ha podido devolver a Irán al sitio de las grandes potencias, como fuera bajo Aqueménidas, Partos Arsácidas, Sasánidas y Safávidas.

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Trump ¿Loco?

No pudieron deponerlo por la pretendida conexión con Rusia y la supuesta intervención del Kremlin en las elecciones presidenciales de 2016, así que ahora, los "Progresistas" norteamericanos pretenden hacer que el Congreso de EUA declare a Trump como incapaz para gobernar por una supuesta insanía mental y buscan sustentar estos alegatos en un libro: Fire and Fury, de un tal Michael Wolff,  periodista amarillista quien por otra parte, ha sido señalado por difamar e inventar historias anteriormente.

Por el contrario, la difusión que los medios mainstream le han dado al libro sólo viene a convencer más y más al electorado que votó al empresario inmobiliario para la Casa Blanca del divorcio existente entre los medios y el pueblo norteamericano y el enfrentamiento entre Trump y las elites que controlan la opinión pública y los grandes intereses detrás de una política corrupta que han manejado al país y a buena parte del mundo desde la llegada de Bill Clinton a la presidencia y hasta Obama; resultando irónico que los grupos que apoyen como algo normal que un hombre se crea mujer o viceversa y se mutile en consecuencia, la existencia de más de 100 géneros basados en parafilias, vicios, fetichismos o perversiones sexuales, confusiones de identidad, asesinato de inocentes en el vientre, calificar de "religión de paz" al Islam pese a que el Corán diga lo contrario, considerar al hijab o velo islámico --contra el que ahora las persas se rebelan-- como símbolo de libertad, sentirse ofendido por todo ante los muchos complejos y traumas de los millenials, considerar a los animales igual o incluso superiores a las personas, sean los que se atrevan de calificar como demente o idiota a quien no comparte dichas visiones del mundo.

Los "Progresistas" o Liberals parecen no darse cuenta del hartazgo y las denuncias que circulan por todos lados en contra de la última entrega de Star Wars por haberla cargado de sus doctrinas a través del púlpito de Disney, ni que en Europa, no solamente Polonia y Hungría resisten los mandatos de lo políticamente correcto que emana de Bruselas, sino que ahora se les unen Austria y República Checa, y que hasta Macrón, en Francia, parece salirse del redil y empieza a aplicar políticas sorprendentemente conservadoras y que tienden a revertir el daño hecho por la Ideología de Género y el Islamismo, mientras que en Alemania, la nefasta Angela Merkel empieza a tambalearse ante el rechazo del pueblo alemán a autodestruirse por seguir con el mea culpa del Nazismo.

Lo que ha hecho Trump no es ninguna locura: es rebelión, es intentar cambiar el estado de cosas: si se burla del "botón nuclear" de Kim Jong Un es porque ya es momento de poner un alto a los constantes chantajes y extorsiones de la dinastía norcoreana que a base de amenazas se ha asegurado sobornos disfrazados de "ayuda humanitaria" que seguramente son el negocio de alguien que hace contubernio con la familia de dictadores comunistas de Pyongyang; Trump sabe que el joven líder únicamente despotrica y habla para aparentar ante sus vasallos que es muy poderoso y temible cuando la realidad es otra, y porque sabe que los gobiernos cobardes de Japón, Corea del Sur y el propio EUA caen temblando ante él y acceden a sus demandas de dinero; si decide reconocer a Jerusalén como capital de Israel es porque así ha sido desde el año 1,000 a.C. con el Rey David y hay todo un sustento histórico detrás, más allá de las decisiones de la UNESCO tomadas a base de sobornos y miedo. Y si decide reducir el financiamiento de la ONU es porque la organización internacional hoy en día es un ente inútil que ha traicionado las intenciones de sus fundadores y no ha resuelto conflicto alguno, ni servido de foro para ello, en los últimos veinte años, pues su mayor preocupación es extender la homosexualidad y el antinatalismo.

Trump será un extravagante y un narcisista, pero no es un loco, quizá es el más cuerdo entre una clase política y unas élites del poder occidentales interesadas más bien en difundir el caos de la locura en beneficio de sus intereses.

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